Vino a mí como lluvia sobre piedra antigua,
un saber que no nació en libro ni maestro,
dormía en la sangre como el fuego en la madera,
conocimiento ancestral, secreto y certero.
Fui al lugar sagrado donde el aire es oración,
y allí, en el silencio que todo lo contiene,
me encontré con aquel que siempre había sido,
el yo eterno que el cosmos en su centro sostiene.
Era el agua que no sabe de orillas,
era el viento que ignora su propio camino,
tejido al universo con hilos invisibles,
latiendo al ritmo sagrado de la creación divina.
Adivinaba las formas que aún no habían nacido,
sentía el mañana como quien siente el agua,
y el tiempo ese río que arrastra las horas
se detuvo en mi pecho y ya no me alcanzaba.
Salí de la línea donde los hombres envejecen,
me volví presencia sin comienzo ni ocaso,
infinito sin nombre, eterno sin medida,
el todo y la nada fundidos en un solo trazo.
Aún llevo en los ojos la luz de ese instante,
sé que soy el agua, el aire, el cosmos entero,
nunca fui solo: siempre fui el todo amante,
y en ese saber me volví verdadero.