◇ Sombras en la noche
• Sin derecho alguno
Te vi caminando en la oscuridad; de color agua marina ibas vestida.
Las pocas luces distantes reflejaban el contorno de tu cuerpo esculpido.
De pasos cortos, con andar suave y firme, como si tu destino ya estuviese prefijado.
Yo te seguía; apuré los pasos hacia el puente para no perderte de vista en la penumbra.
Entraste en un bar, hablaste un rato con el barman, fuiste a una mesa apartada del centro del salón, pediste un café, retiraste la silla y te sentaste. Sacaste un papel de la cartera y te quedaste leyéndolo.
No me atreví a entrar, así que aguardé afuera hasta que salieras.
La impaciencia me atormentaba. Las primeras gotas comenzaban a caer: primero lentamente y después el aguacero era tan cerrado que no me permitía ver más allá de unos pocos metros.
Logré guarecerme en un zaguán contiguo, vacío. Estaba fresco. Había pasado un largo rato. La tormenta amainó; pasé por el bar, pero ya no estabas.
Esta espera inconclusa clavó una astilla profunda en mí.
Me costaba mucho encontrar el motivo o la causa que te habrían llevado hasta aquel lugar. Lo que sí sabía es que pronto te volvería a encontrar ahí, en el mismo lugar. Era tan solo una cuestión de tiempo.
Todo surgió una tarde cuando, sin tener nada concreto, pasé por su casa y la vi entrando en ella, sola, trasponiendo la puerta. Llamó mi atención no el hecho ni la hora, sino cómo estaba vestida. En principio, no reconocí la ropa que tenías puesta. ¿Debería? No sé. Y eso me llevó a pensar que me faltaba conocerla mejor.
A esas alturas de la madrugada, me estaba preguntando qué estaba yo haciendo allí.
Regresé a casa, me sequé, me puse cómodo, entibié una copa, me serví coñac y la agité en círculos suavemente. Al rato sonó el teléfono: era ella, mi gran amiga, compartiendo conmigo el devenir de su existencia.
Parece que me preocupé más de la cuenta —pensé, ya un poco más tranquilo, al saber que estaba bien—. Le propuse vernos y me dijo:
—Mejor mañana; hoy estoy agotada.
Es cierto, su voz denotaba cansancio, pero el tono disimulado la hacía parecer normal.
Al mediodía siguiente nos encontramos para almorzar juntos. Su mirada aún mostraba cansancio, pero una sonrisa iluminaba su rostro. Hablamos de todo, sin tocar para nada esas horas de la madrugada. Comprendí entonces que era un tema personal, que solo le incumbía a ella. Si debía saberlo, ya me lo contaría. En eso se había basado nuestra amistad.
Al terminar el almuerzo, nuestros vasos chocaron alegremente, deseándonos tener un buen año y muchos proyectos.
Nos despedimos con un cálido abrazo.
♣
Autor:
Vientoazul 🦋⃟
©