Leoness

Estación de niebla y hierro

La estación, una herida

abierta en la noche.

El tren pasa como un suspiro de metal,

una ráfaga de rostros borrosos

que no me pertenecen.

Espero que el hierro se rinda

y se detenga,

pero el tren huye de la plataforma,

quizás asustado por la lluvia que arrecia,

borrando los raíles.

Sobre un equipaje huérfano,

una trompeta reluce

con un brillo de oro viejo.

No hay manos que la reclamen,

ni labios que le den aliento;

es solo un eco mudo

esperando un dueño

que el tiempo decidió olvidar.

Miro a mi alrededor

y el mundo se deshace:

solo el reflejo del agua contra el asfalto.

Al fondo, una guitarra eléctrica

gime un blues distorsionado.

Un vibrato antagonista corta el aire,

como un pulso nervioso que nadie pidió.

Y allí, entre los jirones de una niebla fría,

áspera y húmeda,

surge ella.

Esa rutilante mujer etérea

hecha de recuerdos y sombra,

cuya mirada parece explicar

por qué el tren no se detuvo.

La busco, pero la bruma es un muro

de cristal opaco.

Y a lo lejos...

la nada, devorándolo todo.