Me siento sucio y nauseabundo,
sensible al descrédito.
Cuando el esfuerzo aprieta, somatizo:
mi cuerpo y mi cerebro reptiliano atacan.
Yo me creía más fuerte, más equilibrado,
pero no: soy frágil, cristalino.
Puedo quebrarme ante un sobreesfuerzo continuo;
mi cerebro reptiliano no entiende
mi lucha ni mi camino.
Toda mi teoría de vivir el momento
y del relativismo
se derrumba:
al fondo siempre busco reconocimiento.
No sé llevar como expongo el fracaso,
y menos aún
el periódico, lo constante.
Tampoco sé encajar el castigo injusto.
Cargo una capa sempiterna
de rencor y de estudio.
Ser diplomático tiene esto:
mucho humo tragado,
buena cara ante el fuego,
equilibrio heredado.
Supongo que he fallado al mundo.
No soy perfecto ni humilde: soy humano.
Ni probablemente un buen cristiano.
Pienso demasiado en el orgullo
y en devolver, con la misma vara,
el destino a algún enemigo.