Llegaste como llegan las neblinas
al claro silencioso de un sendero;
sin ruido te enredaste en mis encinas
y te quedaste andando en lo que quiero.
No fuiste casa, abrigo ni destino,
apenas un crujido entre la hojarasca;
un paso que cruzó por mi camino
y dejó temblando toda la montaña.
Te miro y algo arde en la corteza,
como savia que sube sin permiso;
mi orgullo se sostiene con firmeza
pero el pulso traiciona lo que piso.
Quisiera despreciarte como al viento
que tumba ramas y después se aleja;
decirme que tu nombre es solo un cuento
que el tiempo arrastra y luego lo despeja.
Pero pasas… y el bosque se estremece,
se inclinan los silencios de la tarde;
mi calma se marchita y se oscurece
mientras algo en mi pecho aún te arde.
Porque eres ese árbol que no es mío,
ni sombra que me espere en el camino;
apenas un silencio junto al río
que nunca sabrá todo lo que inclino.
Y aun así, cuando cruzas por mi vida,
tiembla la tierra bajo mis raíces;
te miro… y entre orgullo y despedida
mi alma aprende a hablar con cicatrices.
Yasuara Melgara