Un silencio mordaz susurra al sereno de una casa ensombrecida
que una vez hubo velas por las colinas, y antes de las velas
se alumbraban con estrellas.
Las estrellas se extinguieron, los montes se hicieron faldas de
cera. Solo queda el resoplo del viento que lleva miseria.
La mecedora tabalea, con el entusiasmo de un pez.
Puertas, paredes y losas escurren el barniz, a palidecer.
Los grifos estornudan enfermos, creando archipielagos de polvo.
Todo tiene apego a la rutina, rutinaria de esperar que llegue el
viento nuevamente; sentirlo, dejarlo pasar, que sople un poco;
que suba las escaleras, que baje de nuevo; que explore los huecos,
que tanteé, que tase, que mida, que diga por el amor de Dios qué vino a hacer.
Más miseria.
Perfecto.
Hasta luego.
LLévese la misera que aquí desborda, hastiada intención,
repudiado regalo. No se precisa más eco del pasado.
La miseria es emisaria, vaya por ahí a regarlo.