En lo más íntimo de mí,
en los aposentos del silencio,
un puñado de tierra
cierra las puertas del deseo.
Con esfuerzo
logro pronunciar un saludo,
sentarme junto a otros,
mirar —retraído— a los ojos.
No hay otra forma:
andar siempre agazapado, tímido.
El grito se oye lejos
y el eco vuelve débil.
Mi aspiración
es sacar todo de este cuerpo,
romper esta mudez
que me ahoga y me marchita.