José Luis Barrientos León

Cita con ángeles, acto segundo. La tertulia del café

 

Toma asiento —me dijo el ángel, señalando la silla con un gesto que era casi una caricia en el aire—. No me mires así, que las alas me las dejé en el ropero porque hoy hay humedad y se me erizan las plumas.

—Es que no esperaba que fueras tan... así. Tan de lunes por la mañana.

—¿Y cómo querías que fuera? ¿Con trompetas? No seas infantil. Hablemos de vos, que para eso pediste la audiencia.

Mira este terrón de azúcar: es tu vida. Lo tiras al café y crees que desaparece, pero lo que pasa es que ahora el café es otra cosa. Eso son tus errores.

—Pero me equivoqué tanto —le dije, sintiendo el peso de los años como una moneda falsa en el bolsillo—. El amor que se me escapó entre los dedos, las palabras que no dije por miedo a romper el silencio.

—No se te escapó nada —interrumpió él, moviendo la cuchara con una cadencia de metrónomo—. El amor es un modelo para armar donde siempre sobran piezas. El desamor no es el final de la película, es solo que cambiaste de cine. Los aciertos... bueno, los aciertos son aburridos. Son como los semáforos en verde: te permiten seguir, pero no te obligan a mirar el paisaje. En cambio, un buen error te detiene, te hace vociferar, te obliga a ver que en la vereda de enfrente hay un gato jugando con una sombra.

—¿Y las ilusiones?

—Las ilusiones son como los niños: bailan sin tregua y, bailan y bailan, aunque el mundo se esté cayendo a pedazos. No las pierdas, pero no las uses para taparte los ojos. Las ilusiones sirven para caminar, no para llegar.

—¿Entonces qué sigue? ¿Qué hay en el mañana?

El ángel se terminó el café de un trago, se puso de pie y me miró con esa mirada metafísica que solo tienen los que saben que el tiempo es un elástico que tarde o temprano nos pega en la cara.

—Mañana es un dibujo que todavía no hiciste. No busques el mapa, porque el mapa te va a decir por dónde ir, pero no qué vas a sentir cuando llegues. La suma de todo esto, de tus pifias y tus besos a medias, es lo que te permite estar acá sentado. Vete ahora. Vete y trata de vivir con la misma elegancia con la que un gato salta de un techo a otro: sabiendo que se puede caer, pero sin que le importe un carajo la gravedad.

—¿No me das un consejo más?

Ven a dormir conmigo, no haremos el amor, él nos hará. Viví de forma que, cuando nos volvamos a ver, tengas historias que me den envidia.