No es al otro a quien miro, sino al incendio,
esa locura que empaña el cristal de la mirada
y borra el contorno de lo real, el frío compendio,
para hundirme en esa imagen desdibujada.
Es el amor de amar, la sed que no se sacia,
una marea que arrastra el centro del sentido,
donde el cerebro apaga su luz y su eficacia
y se entrega, descalzo, al caos de lo vivido.
Se desactiva el juicio, se rompe la estructura,
el pensamiento es solo un eco en el vacío;
nace la reacción obsesiva, la dulce tortura
de fabricar un mundo que solo es tuyo y mío.
En este desastre, en este error del intelecto,
la sangre dicta leyes que la razón ignora,
y el ser se vuelve un mapa roto e imperfecto
que fuera de la lógica, por fin, vibra y llora.
¿Qué importa el naufragio si el agua es de oro?
¿Qué importa el silencio de la zona consciente?
si en la irracionalidad hallamos el tesoro
de sentirnos chispas en un río incandescente.
Al final del delirio, en la orilla del ayer,
el desastre nos brinda su ofrenda más pura:
resolver el enigma del ser o no ser,
perdiendo la cabeza... para ganar la altura.