Te hartaste, y no te culpo, mi vida, te cansaste de sembrar en esta tierra árida donde mis actitudes eran siempre el invierno, donde mi frialdad construyó nuestro infierno.
Te hartaste de mi boca cerrada, de mi voz avara, de esa falta de sinceridad que te cortaba la cara. Nunca supe decirte la verdad sin un disfraz, y tú te consumías buscando una paz que yo no te daba, envuelto en mi orgullo.
Te cansaste de adivinar si te amaba, porque mi falta de expresar amor te mataba. Esperabas un gesto, una palabra, un abrazo, y yo te daba la espalda, rompiendo el lazo. Fueron los detalles, esos que nunca miré, las pequeñas cosas que, ciego, ignoré.
Hoy que el silencio inunda mi habitación, entiendo que tu partida es mi única lección. Te hartaste de ser la única que sentía, y me dejaste aquí... con la culpa y la noche fría.