La noticia llega como un golpe seco, atraviesa la pantalla y se instala en la sala de mi casa como si también aquí cayeran los escombros.
Vivo lejos, en un país donde las mañanas siguen oliendo a café y los buses pasan puntuales, pero algo en el aire cambió desde que el cielo de otros se llenó de fuego.
Veo los nombres impronunciables, las calles rotas, los cuerpos que no alcanzaron a entender por qué el ruido se volvió sentencia.
Y aunque mi ventana no tiembla, tiembla el pecho.
La guerra no conoce distancias, se filtra por los cables, por las voces quebradas de los periodistas, por el silencio largo después de cada cifra.
Otra vez la historia repitiéndose como un error que nadie corrige.
Otra vez madres contando ausencias, niños aprendiendo el sonido exacto del miedo, hombres defendiendo banderas mientras la tierra se vuelve polvo.
Maldita guerra, que nace lejos pero alcanza a tocarnos, que incendia ciudades y también la calma de quienes miramos sin poder hacer más que apretar los labios y desear que el mundo despierte.
Porque aunque no caigan bombas aquí, caen preguntas.
Y duelen.
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Rafael Blanco López
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