Qué cosa más extraña, asaz contradictoria,
el hombre coetáneo
—quien cree ser escéptico, que incrédulo se asume,
supuesto descreído—,
que en Dios no crea ya, y ni siquiera en sí,
y sí, por el contrario,
confíe en las castálidas
—aquellas hijas de la titánide Mnemósine
y del tonante Zeus—,
solicitando, así,
la inspiración ardiente,
el estro creador.
Sin duda que no hay lugar para la duda:
Es una paradoja
el hombre de la época
actual —modernidad de información repleta;
de ciencia, saturada—.
¡Banal contrasentido!:
No admite al Plasmador
y, en cambio, trueca fe,
sintiéndose incapaz de hacer por su virtud,
por el esfuerzo propio,
las obras más sublimes del arte redentor.
Espera que las musas,
las míticas pegásides,
el numen le prodiguen, ¡lo colmen de arrebato!
¡Ah, qué contradicción!