Efrain Eduardo Cajar González

Quedarse Dormido

I
La lámpara respira tenue y calma,
la noche entra despacio en la habitación;
el día suelta el peso de su palma
y el mundo afloja el nudo del renglón.
El cuerpo deja al fin la resistencia,
los párpados comienzan a ceder;
se inclina el pensamiento a la paciencia
del sueño que ya empieza a florecer.

II
El libro queda abierto sobre el pecho,
las letras se disuelven en el gris;
la mente ya no sigue su derecho
camino entre los signos del matiz.
Las frases pierden forma lentamente,
como hojas que el arroyo ha de llevar;
y el hilo de la idea transparente
se rompe sin volver a regresar.

III
La casa suena leve y distante,
un paso se disuelve en el pasillo;
la noche guarda todo vigilante
con su respiración de terciopelo.
Los ruidos se transforman en espuma,
la calle ya se vuelve lejanía;
y el sueño abre su puerta de penumbra
donde se rinde al fin la fantasía.

IV
El aire se acomoda entre las sábanas,
la espalda se abandona sin temor;
los músculos olvidan sus murallas
y el pulso baja lento su rumor.
El pecho sube y baja sin apuro,
como marea en playa solitaria;
y el cuerpo entra en un campo más oscuro
donde la calma reina necesaria.

V
Los sueños se aproximan como bruma
que cubre lentamente la razón;
aparece una calle que se suma
a otra guardada en la imaginación.
La mente abre ventanas inesperadas,
paisajes que jamás supo nombrar;
y en sombras de memoria iluminadas
empieza otro universo a despertar.

VI
Los años se entrelazan en silencio,
un rostro vuelve claro desde ayer;
la infancia cruza leve como un viento
que vuelve sin pedir explicación.
Las horas ya no cuentan su medida,
ni el tiempo dicta el orden del lugar;
la noche guarda toda la partida
del mundo que se empieza a transformar.

VII
El techo se diluye lentamente,
las formas pierden firme definición;
la noche toma el pulso de la mente
y guía su tranquila inclinación.
Los pasos del recuerdo van llegando
como rumores leves de un jardín;
y el alma se abandona caminando
por rutas que no buscan un confín.

VIII
El sueño teje redes invisibles
donde se enreda el último pensar;
las dudas se disuelven, indecibles,
en mares que no quieren despertar.
El cuerpo ya no siente su frontera,
ni el nombre de las cosas quiere oír;
la mente entra en su noche verdadera
como quien vuelve al fondo de sí.

IX
El último pensamiento se detiene
igual que un ave al borde de un alambre;
titubea un segundo y se sostiene
sobre la frágil curva de la sangre.
Después levanta vuelo lentamente
y desaparece en la oscuridad;
el sueño abre su puerta transparente
y guarda al corazón en su mitad.

X
La noche ahora envuelve todo el cuarto,
el mundo se recoge en un latir;
la calma crece vasta como un campo
donde no queda nada que decir.
El cuerpo descansa en su corriente
como hoja dormida en un canal;
y el alma se desliza suavemente
hacia un silencio pleno y natural.

XI
Afuera el cielo guarda sus estrellas
y el viento cruza calles sin rumor;
la ciudad respira bajo sus huellas
como un gigante lleno de sopor.
Miles de sueños nacen en la sombra
de cada habitación y cada hogar;
y el tiempo se repliega y se desombra
para dejar la mente descansar.

XII
Entonces llega el sueño verdadero
que cierra suavemente la razón;
el día queda lejos y ligero
como un eco perdido en la estación.
Y en la profundidad de ese sosiego
la vida encuentra pausa y claridad:
quedarse dormido es un pequeño
milagro de silencio y de bondad.