CERROJOS DEL RENCOR
Ya borraron mi nombre del zaguán de tu memoria,
ya pusieron al pueblo a inventarnos otra historia;
creen que el polvo del desprecio va a cubrir nuestra euforia,
pero el fuego cuando es limpio no se apaga con escoria.
Me pesaron en monedas como si fuera ganado,
me midieron por mis botas, por el rancho y el pasado;
pero el alma no se vende ni se firma en el mercado,
ni el cariño se arrodilla frente a un sello acomodado.
¡Malditos sean los apellidos que se creen propietarios!
Que reparten el destino como si fueran notarios.
Tu casa cuida su orgullo con rezos y calendarios,
pero el amor cuando es bravo no respeta inventarios.
Que levanten sus murallas con candados centenarios,
que vigilen nuestras sombras con sermones rutinarios;
cuando el pecho dice “es tuya”, no hay poder hereditario
que le gane al sentimiento cuando estalla temerario.
Que te sienten en la sala como estatua vigilada,
que te llenen de consejos con voz vieja y desgastada;
si el querer ya echó raíces bajo tierra maltratada,
no hay sequía ni linaje que lo deje sin alzada.
Que te cambien los vestidos por promesas convenientes,
que te pinten otro mundo con discursos relucientes;
yo no traigo más fortuna que este pecho impertinente,
pero un hombre cuando ama no negocia lo que siente.
Que repartan las miradas como si fueran sentencias,
que acomoden tus domingos con prudentes apariencias;
yo no peleo con el viento ni discuto con conciencias,
pero el tiempo pone todo donde pesan las ausencias.
No hay cerrojo que resista si la sangre lo reclama,
ni apellido que detenga lo que dicta el alma en llama;
cuando el pueblo se acostumbra a vivir bajo programa,
siempre nace un desobediente que se juega por quien ama.
¡Malditos sean los apellidos que se creen propietarios!
Que reparten el destino como si fueran notarios.
Tu casa cuida su orgullo con rezos y calendarios,
pero el amor cuando es bravo no respeta inventarios.
Que me cierren las veredas, que murmuren en la plaza,
mientras más quieran negarme, más tu nombre me abraza;
si el rencor pone cerrojos en la puerta de tu casa,
yo le tumbo los candados con la fe que no fracasa.
_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/</_/
Proceso
De niño
no fui excepcional.
No había asombro al responder.
Mi nombre cruzaba la lista
sin alterar el aire.
Aprendía al ritmo común.
A veces después.
No era torpeza:
era demora.
Necesitaba desmontar
lo que otros aceptaban intacto.
Tocar la pieza.
Girar el engranaje.
Ver qué sostenía qué.
Nadie vio promesa.
Yo tampoco.
Con los años no hubo relámpago.
Hubo método.
Dejé de repetir.
Empecé a abrir.
Mientras explicaban la superficie,
yo recorría la estructura.
No por desafío.
Por claridad.
La respuesta ya no bastaba.
Quería el mecanismo.
Y cuando me proponía algo
no lo ejecutaba:
lo afinaba
hasta que encajara
sin ruido.
No fui niño brillante.
Fui precisión aprendida.
Fui disciplina que piensa.
No destello.
Sistema.