Denise Arredondo

Un hombre que ya no deseo

 

Estoy en la cama junto a un hombre que ya no deseo.

Nuestras manos se chocan, nuestras piernas también, pero no siento nada. No hay nada.

Algunos lo llaman costumbre. Otros, rutina. Otros, desinterés.

Yo todavía no sé qué nombre ponerle a esto que me pasa.

 

Hay algo que dice que estamos destinados a estar juntos.

Y hay algo que dice que el destino es un invento, una historia que nos contamos para soportar mejor lo que duele.

Se inventaron muchas cosas para sobrevivir.

 

Estoy en la cama junto a un hombre bueno. Muy bueno.

Y esa bondad pesa.

 

Pesa como si existiera un tribunal invisible que me juzga en silencio.

Como si irme de alguien que no hizo nada malo fuera un delito.

Como si la falta de deseo no fuera argumento suficiente.

 

A veces él duerme y yo me levanto despacio.

Camino hasta el comedor.

Me siento en la oscuridad y pienso cómo voy a hacer para desarmar todo lo que proyectamos.

Cómo voy a tomar la decisión que nos lleve al final.

 

Yo lo quiero.

Él me quiere.

Pero no hay cuerpo que aguante tanta falta de piel.

 

Y cuando todo me duele, empiezo a creer.

Le pido a Dios.

A los ángeles.

Al universo.

Le pido a cualquier cosa que pueda decidir por mí.

 

Tengo miedo de arrepentirme.

Tengo miedo de que no haya vuelta atrás.

Tengo miedo de descubrir que el amor, a veces, no alcanza.

 

Estoy en la cama junto a un hombre que es bueno.

Muy bueno.
Pero el deseo no responde a la bondad. Y el cuerpo no declara ante ningún tribunal.