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Vanidad de vanidad,
interés sin don ni aprecio,
fracaso de la conciencia
que vive en orgullo viejo
de pastores de rebaños
que se alimentan de miedos.
Vanidad por vanidad
de dominantes enfermos
que ponen vidas ajenas
en el juego de un tablero,
donde compiten demonios
enfrentando sus infiernos,
donde el triunfo es moneda
cuyo valor son los muertos.
Es gran cosa, cosa humana
el compensar los complejos,
alianza en la conquista
con gusanos, con anzuelos.
Paz, descanso entre guerras
para escritura de cuentos,
una utopía vestida
con pobres trapos bohemios
que se embolsan con las brisas
y se rasgan con los vientos;
paz, para escuchar responsos
de frailes con mantos negros
y será el triunfo moneda
que se valore con muertos...
Pero guerra trae aplausos
según qué rezo, qué cielo,
cuando el cielo de la fuerza
mata al cielo del silencio,
según la opinión del loco,
según la opinión del cuerdo,
si es inocente lo falso
por ser culpable lo cierto.
Qué malsano es el destino
de un futuro sin reflejos,
tan solo polvo en la tierra
para paisajes grotescos
donde el arado que pase,
podrá sembrar esqueletos.
El jardín ya no florece
entre arenas de desierto.
Agua y luz ya no aparecen.
Fueron lejos, fueron lejos.
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Qué afable es la vagancia que no exige,
lo bueno es no querer aprendizaje,
lo pobre, rico está con maquillaje,
qué linda es la ignorancia que no aflige.
Qué tierno es el profano que corrige,
lo bueno es que el trabajo se amortaje,
lo pobre tendrá voz en homenaje,
qué linda es la inconsciencia que dirige.
Muy grato es ese templo de lo burdo,
pues tosco con regalo me enamora,
¡qué sea todo amor para lo absurdo!
No apene buen señor, buena señora,
pues flor que cae en manos del palurdo,
es flor que por deseos se desflora.
Jhetsefany