El frío de la mañana aún persiste en las estribaciones andinas,
en vestidos etéreos los picos de las montañas con paciencia
esperan la llegada del sol naciente sobre sus cumbres.
Solo un cóndor solitario pertubaba la tranquilidad.
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El viejo, ya despierto durante mucho tiempo toma su segundo mate
y abre la puerta para saludar la mañana, luego se siente afuera
en su mecedora a disfrutar fumando su pipa, un ritual.
Y testigar el esplendor del nacimiento de un nuevo día.
*
Los rayos de sol inundan, con bienvenida calidez, sus envejecidos huesos,
mientras su mirada, con recuerdos nostalgicos, se centra en la entrada,
un lugar donde la felicidad y la tristeza dejaron sus permanentes huellas.
Sus pensamientos se desplegan como páginas en un libro de cuentos ilustrado.
*
Después de haber jurado sus promesas nupciales en la inglesia,,
el viejo ve como él llevó su jóven novia a través de la entrada,
hacia la casita recién comprada, su futuro hogar.
Y recuerda la ternura de la primera noche juntos.
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Sus pensamientos se le traen una sonrisa a la cara al recordarse,
cuando llegó a la entrada con su primgénito en sus brazos, un varón,
su orgullo y alegría, formando parte de su esencia.
Un nuevo miembro de la familia había llegado.
*
Ahora sus pensamientos vuelvan al día de la boda de su hija,
la belleza de una princesa junta con su príncipe,
deteniéndose por un momento en la entrada para estar siempre juntos,
en una fotographía en blanco y negro.
*
Se le escarpa una lágrima al vivir de nuevo con mucha tristeza
el último salida de su esposa por la entrada, acompañada
por los enlutados, la familia, los amigos y los vecinos.
Una herida que lleva siempre en silencio.
*
Por un momento mira hacia el cielo como para ordenar sus pensamientos,
cuando, de repente, se percibe visitantes pasando por la entrada,
su hija y su llerno, sus dos hijos corriendo y gritando a saludarlo.
Con alegría abraza sus dos nietos, bendiciones en su vida.
David Thorpe ©®
La pintura propia