De un vicio, cualquiera es testigo
de ver la calma, tan larga estriba.
Convertida por la rima de tu parpado mendigo,
en una galvanizante brida.
Desorientado, desordenado y desinhibido
depositado en el fondo, y lo más hondo
de tus capas frías, aspira ver el espeso humo
que ciega tu rumbo, y aclara el céntimo
peso de rutinarias vividas.