José Luis Barrientos León

Cita con ángeles, acto primero Instrucciones para encontrarse a uno mismo en un café

 

El encuentro

Ahí están, sentados frente a mí, sin alas visibles porque las alas en el centro de la ciudad estorban para cruzar las avenidas. Son tres, o quizá es uno solo que se desdobla para que la culpa no pese tanto. No traen trompetas, traen preguntas que gotean sobre el mantel de hule.

Me miran con esa paciencia de quien ha visto caer todos los imperios y, lo que es peor, todas las tazas de café de la historia.

La suma de los fragmentos

—Hablemos de tus errores —dice el que tiene ojos de infante distraído.

Y yo trato de explicarle que no fueron errores, sino ensayos de naufragio. Que ese amor que se deshizo en las manos como un terrón de azúcar no fue una pérdida, sino una forma de endulzar la ausencia. Porque uno cree que el desamor es un muro, pero resulta ser un puente hecho de niebla: te obliga a caminar con más cuidado.

Los aciertos: Esas pequeñas victorias que guardamos en el bolsillo del saco, como piedras brillantes que al final resultan ser solo vidrios rotos.

Las ilusiones: Ese \"modelo para armar\" que nunca terminamos, porque siempre nos sobra una pieza: el miedo.

La gramática del tiempo

Los ángeles no juzgan, simplemente barajan las cartas de mis días. Me muestran que mi vida no es una línea recta, sino un garabato circular. El amor que di y el que me negaron son la misma moneda vista desde diferentes ángulos de la luz.

Comprendo entonces que estar vivo es una forma de pifiarle al blanco, pero con una elegancia desesperada. Que cada cicatriz es una nota musical en una partitura que solo se entiende cuando se toca por última vez.

La reflexión del mañana

Al final, uno de ellos se levanta, se acomoda la solapa y me deja la cuenta sobre la mesa. No hay cifras, solo una palabra escrita con la urgencia de quien sabe que el sol está por salir: \"Seguí\".

El mañana no es una promesa de perfección, sino la posibilidad de volver a equivocarse con más estilo.

Los ángeles se van, perdiéndose entre el tráfico de la tarde, y yo me quedo aquí, entendiendo que la suma de mis errores es, precisamente, lo único que me hace real.