No es silencio que aturde, es la calma forzada; es la risa, el dolor, es el alma encontrada. Es buscar el recuerdo de los días que vivimos, es mirar al vacío y saber que perdimos.
Ya la casa se siente como un templo desierto, donde cada rincón es un anhelo ya muerto. No hay abrazo que abrigue ni reloj que dé tregua, solo inmensa distancia que se mide por leguas.
Es saber que estuviste en mis tiempos de bonanza, y es chistoso que huyas cuando hasta perdí mi esperanza. Pero no hay sombra oscura ni fantasma que espante, si al nacer llegué solo y me iré sin acompañante.
Así abrazo el silencio como a un fiel escudero, y camino la noche como un lobo altanero. Ya no busco en la puerta ni mendigo clemencia, porque encuentro mi imperio dentro de esta gran ausencia.
He sido el lobo errante, solitario y callado, a veces admirado y otras tantas ignorado. He sido el lápiz y al mismo tiempo el papel, he probado el vinagre y he bebido la miel.