Nelaery

Peripecias de Titania XXXI

El Último Invierno

 

 

Los inviernos en el Bosque Nevado siempre habían sido blancos, pero este año el mundo se había teñido de un gris plomizo. El tiempo, ese río implacable que no sabe retroceder, había cobrado su peaje. La amistad entre el leñador y Titania, forjada en mil tardes de serrín y risas, se sentía tan sólida como el corazón de un roble centenario; sin embargo, incluso los más grandes árboles terminan por dormir. Titania, capaz de cerrar heridas ajenas con un simple parpadeo, descubrió con una punzada de amargura que su magia era un juguete roto frente al cansancio de la vejez humana.

Una tarde, mientras las brasas agonizaban en el hogar, el leñador le entregó un pequeño objeto envuelto en arpillera gastada: la varita mágica restaurada al completo.

—La torpeza nunca se fue, pequeña —le dijo con una sonrisa débil—. Pero ahora es parte de tu esencia. Siempre caías, y siempre te levantabas. Esa voluntad de hierro, Titania, es tu verdadera magia.

Esa noche, el leñador cerró los ojos. El silencio del bosque se filtró en sus pulmones y el hombre se fundió con la quietud de la tierra para no despertar jamás.

El vacío que dejó su ausencia fue un abismo. El equilibrio del bosque, antes sostenido por la presencia serena del guardián, comenzó a tambalearse. Las criaturas que Titania había socorrido —desde la lechuza de ala quebrada hasta el oso fortachón— se congregaron en torno a la cabaña. Pero sin el eje que los unía, aquella ausencia se tornó en huraño egoísmo. El miedo al frío se transformó en disputas por obtener el mejor cobijo; los animales se gruñían unos a otros, y el bosque, antes un refugio, se volvió un lugar algo hostil.

En ese momento de debilidad, el viento se volvió cuchillo. La Reina de las Nieves regresó de los glaciares del norte, reclamando el vacío que había dejado el leñador. Su melodía áspera resonó entre las hojas como aguaceros helados:

 

“La nieve que ves de frente

es mi reinado presente.

 

El guardián se ha ido,

el fuego se apagó,

la magia del hada

en el hielo se ahogó.

 

Ni roble, ni vida,

ni tierno calor,

solo tu herida

de frío y dolor.

 

No llores por lo perdido

ni por aquellos que se irán,

en mi manto del olvido

tus memorias morirán.

 

La nieve que ves enfrente

es mi reinado presente

 

La nieve que ves enfrente

es mi reinado presente.”

 

La Reina de las Nieves descendió sobre un torbellino de polvo nival. Sus pies apenas rozaban la nieve caída, moviéndose con una gracia insultante frente a la pesadez del duelo que plañía el bosque. Miró a Titania con un desdén soberano, como quien observa a un insecto moribundo. El hada, pequeña y con la nariz aún desviada por mil golpes antiguos, apretaba contra su pecho la varita reconstruida como si fuera el último tesoro de la creación.

Abrumada por la presencia gélida de su rival y con los ojos nublados por las lágrimas que se negaba a verter, Titania intentó elevarse para confrontarla a su altura. Sin embargo, su corazón pesaba más que sus alas. Inició un pequeño vuelo, casi a ciegas, con la vista empañada por el recuerdo del leñador y la presión del viento helado. La falta de equilibrio, fruto de su congoja, le jugó una mala pasada: en un giro torpe, perdió el rumbo y chocó de frente contra el tronco de un viejo roble, el mismo que tantas veces la había visto reír. El impacto fue seco y cruel; Titania cayó sobre la nieve y su nariz, tantas veces remendada, quedó dañada de nuevo, dejando un rastro carmesí sobre la blancura impoluta del suelo.

La Reina soltó una carcajada histriónica y se burló de ella con crueldad:

—Mírate, criatura patética. Tienes el rostro marcado por las caídas y las manos sucias de lodo. Tu amigo se ha ido y solo te queda una astilla de metal en las manos. ¿Esto es lo que el Bosque Nevado te ofrece como resistencia? ¿Un hada torpe que ni siquiera sabe volar en línea recta?

Titania se puso en pie con una lentitud desafiante, ignorando el punzante dolor de su rostro. Se limpió el rastro de sangre con el dorso de la mano, manchando su piel con un rubí denso que contrastaba con la palidez de la Reina. Miró a su rival directamente a los ojos, con una chispa de fuego en la mirada que el hielo no pudo apagar:

—Mi nariz se curará, Majestad. Se ha roto tantas veces que ya conoce el camino de vuelta, como los brotes que regresan tras la nevada. Pero vuestra perfección es vuestra condena: vuestro hielo es tan duro que, una vez que se agrieta, no sabe sanar; solo sabe hacerse pedazos y derretirse bajo el sol. —Titania dio un paso al frente, haciendo crujir la nieve bajo sus pies—. Llamadme «torpe» si eso os hace sentir poderosa, pero recordad esto: lo que está roto tiene bordes afilados. Yo sé lo que es el suelo y no le temo. Vos, en cambio, solo sabéis deslizaros. El día que caigáis, y os aseguro que ese día llegará, vuestro hielo no sabrá cómo volver a unirse. Mi sangre está caliente, Reina; la vuestra es solo agua estancada que ha olvidado cómo fluir.

—¡El hielo es belleza y orden! — respondió airada la Reina — Es la perfección que no cambia. Tu leñador era carne perecedera que ya no existe. Tú eres un error de la fantasía, una burla a la elegancia de las hadas. ¿Por qué insistes en quedarte en este lugar que solo te recuerda lo que has perdido?

—Me quedo porque este lugar es un tesoro que me enseñó que se puede aprender de los errores, y que cada uno de ellos tiene un nombre. En ese roble hay una cicatriz de cuando intenté salvar a un gorrión; en aquella roca está la marca de mi primera caída. El leñador no me enseñó a ser perfecta, me enseñó a ser útil. Él ya no está, pero su inestimable recuerdo vive en el pelaje de los osos y en las plumas de los búhos que tú quieres convertir en figuras de hielo.

La Reina de las Nieves avanzó había el hada, haciendo que el suelo crujiera.

—La memoria es una llama débil, Titania. Un soplo de mi invierno y nadie recordará que existió un leñador, ni nada de lo que tú conseguiste cambiar con tu patético altruismo.

Titania, levantó su nueva varita con firmeza y la dirigió amenazante hacia la Reina:

—Te equivocas. No necesito ser una leyenda de vidrio frágil para perdurar. Mientras haya alguien que tropiece y sea capaz de reírse de sí mismo, mientras haya alguien que prefiera un amigo cansado a una estatua hermosa pero inerte, yo estaré allí. Mi magia no viene del cielo, viene de haberme caído tantas veces que ahora conozco el suelo mejor que tú. No puedes congelar a alguien que ya ha aprendido a patinar sobre la nieve.

La Reina retrocedió algo temerosa ante la luz dorada que empezaba a emanar de la nueva varita de madera

—Esa varita no tiene poder... es solo un juguete— dijo algo confusa, retrocediendo ante un resplandor dorado que brotaba de las vetas del diapasón.

—No es un juguete. Es una promesa. La promesa de que la vida siempre vuelve a brotar, aunque sea con cicatrices. ¡Vete al norte, Reina! Aquí el invierno ya tiene dueña, y es una que sabe que después de la caída, siempre levanta el vuelo.

Titania, abrumada por la ausencia de su amigo y el regreso de la Reina, perdió el control de sus alas. Sumida en su aflicción, se elevó en el aire y emprendió un vuelo casi a ciegas, intentando evadirse de esa situación. Pero, fiel a su naturaleza, el destino le aguardaba en forma de madera: chocó de frente contra el duro tronco de una secuoya.

El crujido fue seco. Su nariz, tantas veces remendada, volvió a quebrarse.

El dolor físico la ancló de nuevo a la realidad. Al caer sobre la nieve, asió su nueva varita y recordó el mensaje del leñador: \"Caer y levantarse, siempre levantarse\". Al ponerse en pie, con el rostro maltrecho y las alas desalineadas, Titania no se veía como un hada fracasada. Después de tantas vicisitudes había crecido en resistencia.

Al ver su determinación, los Bardos del Bosque, testigos de su caída y auge, afinaron sus laúdes y entonaron el cantar que derrotaría al frío:

 

“¡Cantad, voces de madera!

¡Vibrad, voces del ayer!

Que la magia verdadera

es el arte del bien hacer.

 

En el Reino de los Robles,

donde el tiempo se detuvo,

partió el viejo de ojos nobles,

el apoyo que ella tuvo.

 

Duerme el hombre entre las hojas,

vuela el hada en el ferial,

sin penas ni congojas

en su paz espiritual.

 

Vuela a ciegas Titania,

con su pena en un rincón,

y choca con la montaña:

la secuoya de su aflicción.

 

Aunque su nariz se rompa

contra el tronco del destino,

no hay dolor que la corrompa

si ha de marcar el camino.

 

¡Cantad, voces de madera!

¡Vibrad, voces del ayer!

Que la magia verdadera

es el arte del bien hacer.

 

¡Mirad al hada herida!

¡Mirad su rastro carmín!

Que no hay escarcha tejida

que a este fuego ponga fin.

 

El hielo es solo un espejo,

vano orgullo de cristal,

que ante el primer bosquejo

se quiebra en su pedestal.

 

Más vale un ala astillada

y un rostro con cicatriz,

que una reina congelada

que no sabe ser feliz.

 

¡Cantad, voces de madera!

¡Vibrad, voces del ayer!

Que la magia verdadera

es el arte del bien hacer.

 

Cada caída es un puente,

cada golpe es una flor,

en el jardín floreciente

que plantó el leñador.

 

No busques el brillo eterno

ni la gracia del rosal,

busca el amor más tierno

y el alma más servicial.

 

Mientras un poeta imagine

y un amigo sepa amar,

no habrá quien determine

cuando ella deba marchar.

 

Porque las hadas no mueren

en el frío del adiós,

viven mientras las requieren

quienes tengan una voz.

 

¡Cantad, voces de madera!

¡Vibrad, voces del ayer!

Que la verdadera

es el arte del bien hacer.”

 

 ¡Y vaya!, por una vez, los bardos, con la sensibilidad del momento, cantaron sin desafinar. 

La Reina de las Nieves, incapaz de procesar una voluntad que se alimentaba de sus propias vanidades, comenzó a resquebrajarse. El brillo dorado de la varita de diapasón era una luz que cegaba, un calor que derretía. Ante la mirada feroz de Titania y el apoyo de los bardos, la soberana del frío retrocedió humillada, convertida en una bruma inofensiva que el sol de la mañana dispersó sin esfuerzo.

La buena ninfa recordó, con reconfortante nostalgia, que su relación con el Leñador le hizo conocer una nueva faceta terrenal que un hada normal no habría podido asumir: la de empatizar con los seres mortales y respetar sus costumbres.

Fue entonces cuando Titania comprendió la lección final que el leñador le había tallado en el alma: el prestigio, aunque parte de una fantasía poderosa, también es refugio de carne, hueso y madera para todos los que conviven en el hábitat forestal.

Aquel invierno no fue un adiós; fue la conquista de su propio destino. Se instaló en la vieja cabaña del leñador ausente, como la nueva guardiana. Allí, entre el olor a resina y el calor de la chimenea, enseñó a las criaturas que la verdadera fuerza reside en la generosidad de quien ofrece su mano —o su ala— para levantar a otro.

Ya no era el \"hada torpe\" que todos compadecían. Era el hada que había hecho de sus cicatrices una armadura.

Porque mientras alguien cuente su historia —la de esa pequeña y bondadosa hada Titania, la que siempre tropezaba, pero que jamás doblaba la rodilla—, la maldad jamás podrá ganar.

Y Titania siempre seguirá viva, optimista y eterna, en la fantasía de todos nosotros.

 

 

*Autores: Nelaery & Salva Carrión