Si para un buen café, con o sin azúcar, hace falta la justa medida de agua,
y para una buena película, un guion sólido y actores capaces de sostenerla,
para una vida entera,
con sus circunstancias, incongruencias y oportunidades,
hace falta un habitante verdaderamente consciente.
Por eso, en el día a día,
más vale habitar fuera
que dentro de la pantalla,
a merced de la programación.
Liberándose de lo que nubla la mirada, distorsiona la realidad o desvía la percepción.
Y así, el café, mejor en su punto; la conciencia despierta, y que todo fluya sobre la marcha...
sea cual sea el guión.