William26🫶

La Página Y La Pista

La página y la pista

 

Nací con dos hambres: una de palabras y otra de kilómetros.

Ambas me encontraron temprano, cuando el mundo todavía era un cuaderno en blanco y una calle que se perdía en el horizonte.

La poesía llegó como un cincel: herramienta ágil, precisa, capaz de sacar forma del bloque bruto del día. Yo la estudié con la avidez del que mastica pan después de la escasez, creyendo —y creyendo bien— que cada verbo aprendido era un músculo nuevo.

Correr, en cambio, me adoptó sin teoría. Me tomó por la respiración y me llevó a campo abierto. Allí me enseñó a estar: a escuchar el latido como metrónomo, a ordenar el caos con el ritmo de los pies, a sudar lo que no sabía decir.

Con los años entendí que ambas eran la misma maestra con distinto rostro.

La página me pedía verdad; la pista, constancia.

La poesía me exigía desnudarme; el running, no mentirle al cuerpo.

En las dos había un rival inapelable: yo mismo, ayer.

Muchas veces salí a correr con la mente hecha nudo y regresé con un verso en la boca.

El poema nacía entre zancadas, como si cada impacto contra el suelo soltara una sílaba presa.

He escrito jadeando, con el pulso desbocado, la frente salada, y he sentido que la tinta era apenas otra forma del sudor.

Aprendí a pensar en la ruta lo que no me atrevía a pensar sentado. El paso sostenido hacía lo que no sabe hacer el silencio quieto: ordenaba. Y esa respiración que primero suplica y luego canta —ese umbral sin nombre.

Hoy celebro una cifra que para otros es apenas número, pero para mí es biografía:

3.000 metros en 10:55.

No es solo tiempo: es el diálogo secreto entre el deseo y la resistencia, la mañana en que el cuerpo dijo “no” y, sin embargo, salí.

Cada segundo ganado fue una palabra afinada, un adjetivo menos, un verso que aprendió a ir ligero.

Porque mejorar, en ambos oficios, es quitar peso: a la frase y al miedo.

Sigo corriendo y escribiendo por la misma razón: alcanzar un umbral que siempre se mueve un poco más allá.

Sé que nunca llegaré del todo —ni al poema perfecto ni a la carrera absoluta— y en esa distancia encuentro mi medida.

He hecho de la disciplina una forma de ternura hacia mí mismo: me empujo, me caigo, me levanto, me reescribo.

Soy el atleta de mi lengua y el poeta de mis piernas.

Cuando el día termine y el cuerpo sea solo memoria, quizá alguien encuentre mis marcas:

unas en papel, otras en tierra.

Ambas dirán lo mismo: que hubo un hombre que creyó en el ritmo —del verso y del paso— como la manera más digna de atravesar la vida.