Quien no conoce el peso del esfuerzo,
ni ha besado el polvo al caer,
camina sin grietas en la piel
y sin memoria en las rodillas.
Creció entre alfombras gruesas,
donde el suelo no mancha
y las manos no aprenden
lo que cuesta el pan.
Saluda cuando necesita,
sonríe con cálculo aprendido;
mira desde balcones altos
a quienes pisan la calle.
Ordena el mundo en columnas invisibles,
apila apellidos, cuentas, apretón de manos;
mide la dignidad en cifras
y el respeto en tarjetas negras.
Nunca esperó un salario
como quien espera lluvia en sequía.
El dinero le llegó temprano,
como un heredero obediente.
Presume sin nombrarlo,
lo deja hablar por él
en trajes, cenas y silencios
que huelen a privilegio.
Y, sin embargo,
cuando la noche descorre sus cortinas,
queda solo frente al espejo
sin saber qué deseo es suyo.
Tanto oro en los bolsillos
y tan poco fuego en el pecho.
Herederos de todo,
dueños de nada.