Las grandes piedras talladas,
perfectamente cortadas,
arrancadas de su principio y esencia,
robadas a la cantera,
son bloques esculpidos
para la nada.
Sin una piedra pequeña
son belleza sin sentido.
Nada se hace espacio
sin ese pequeño canto
nacido de los desechos,
recuperado y trabajado
en cuatro golpes,
con precisión de diamante
para un espacio y un vacío.
No hay catedral ni hay iglesia,
no hay ni puente ni acueducto,
no hay ni torre ni castillo,
sin la pieza clave que cierra el arco.
Algunas veces la pieza necesaria,
la que justifica las horas de trabajo
echadas sobre un puzle incompleto,
la que más deseamos
porque no encontramos,
la que no nos perdonaremos
nunca haber perdido.
Algunas veces es la única
que no viene en nuestra caja.
Por eso supongo
que la redención de condena
a nuestra raza humana,
que la llave de abrir el Paraíso,
que la razón de que tengamos
cuerpo y alma,
que lo único que justifica
nuestra mala cabeza,
que la medicina a todo lo nuestro,
estará escondida en algo pequeño,
en alguna menudencia
que no encontramos.