Los opresores siempre han
castigado, previo
acoso y acusación,
no al culpable
sino al que
no puede defenderse.
La guerra, todas las guerras, como acto grotesco de dolor inhumano, no es sino la constatación de un fracaso del, presente de nosotros los aún en este planeta que pasado tanto tiempo aún no hemos aprendido ni hemos superado nuestras carencias. En toda guerra sólo hay, en principio, un ganador: la mentira. Luego hay y aparece otro u otros ganadores con sus intereses, macabros y criminales, a los que representan a la vez de que somos esa mayoría que estamos aquí, todos perdedores. Nos equivocamos cuando creemos que la ausencia de guerras significa necesariamente un estado de paz continua: No es así. Tampoco la paz continua es y significa ausencias de guerras. Las batallas que nos quedan por ganar son las de las comunicaciones entre personas así como la comprensión entre los seres humanos; así, también, como que la guerra más importante que hemos perdido siempre han sido la de la conciencia colectiva.
Entiendo, muy bien, a ésos que quieren la paz, una cierta paz concreta y de conveniencia; esto que se da en llamar, colectivamente “Un estado de no conflicto social”. Entiendo a ésos “pacifistas”, principalmente militares, altísimos colectivos de empresarios (en concreto de la industria del armamento, de la farmacia, de la alimentación y algunos que otros), también entiendo a los políticos (corruptísimos todos), a escritores, intelectuales, poetas y hasta de supuestos defensores de los Derechos Humanos la mayoría de ellos farsantes (los hechos en los últimos 50 años de la Historia política lo demuestra a la vista están sus gestiones). Todos ellos una vez han logrado esa paz exigida e interesada y de la que tanto hablan y consiguen por medio de todas las armas a sus exclusivos alcance, todos, digo, se vuelven radicalmente pacifistas; es, ya digo: La Paz absoluta de los actuales demócratas y los hechos, a principio de este siglo XXI, actualmente, lo demuestra.