Perdido en la niebla del recuerdo,
camino a tientas por los pasillos
de aquellos días encantados,
cuando el mundo parecía detenerse
a escuchar el murmullo del río
que, plácido, mi destino señalaba.
Era un río manso, transparente,
que avanzaba sin prisa, confiado,
sabiendo que al final de la jornada
desembocaría, sereno,
en el mar de tu mirada.
Allí encontraba refugio,
allí mis penas se volvían espuma,
y hasta el viento se calmaba
cuando tu calma me abrazaba.
Mas la corriente traiciona.
El tiempo, limo lento y silencioso,
fue desgastando las orillas,
borrando nuestras huellas,
llevándose promesas murmuradas.
Aunque el amor persista,
aunque conserve su aliento,
la vida impone su acento
y, cual lámpara que ceja,
se apagó tu mirada.
Se cerró,
dejando al río sin horizonte,
sin cauce, sin destino.
Desde entonces avanzo
entre márgenes vacíos,
buscando en cada reflejo
un destello de lo que fue,
sabiendo que el agua sigue su curso,
mas no halla el mar que la aguardaba.