JUSTO ALDÚ

LA DAMA BLANCA DE LOS CAMINOS (Leyenda de Córcega)

Adrián Vélez llegó a la isla de Córcega en una tarde que parecía suspendida entre dos siglos. No traía equipaje abundante ni planes turísticos: traía una pregunta. Clara Montreux, amiga de silencios hondos, le había hablado de una mujer vestida de blanco que caminaba por las carreteras montañosas y subía a los coches como si el mundo visible no fuera más que una capa delgada de algo más profundo.

—No la buscan los curiosos —le dijo Clara antes del viaje—. Ella elige a quién mostrarse. 

El hostal donde se alojó estaba en el interior de la isla, donde las casas de piedra parecen haber aprendido a escuchar antes que a hablar. El dueño lo recibió con una inclinación leve de cabeza.

 

—Benvenutu quì, u tempu cammina pianu.

Bienvenido. Aquí el tiempo camina despacio.

 

La frase no sonó metafórica. Sonó descriptiva. 

La habitación daba a una carretera que descendía en curvas cerradas hacia un valle verde y callado. Adrián dejó la maleta, abrió la ventana y sintió que el aire traía algo más que aroma a tomillo: traía memoria.

No preguntó de inmediato por la Dama Blanca. Caminó primero por la plaza, dejó que lo observaran. En los pueblos pequeños el extranjero siempre es un acontecimiento leve.

Una anciana que barría frente a su casa habló sin que él preguntara:

—Viene por la curva del barranco.

No era una pregunta.

—A veces sube a los coches —continuó—. A veces solo espera. Mi hermano la recogió hace años. Cuando miró por el espejo ya no estaba. Pero el asiento trasero amaneció cubierto de pétalos blancos. Nadie en el pueblo cultiva esas flores.

 

La mujer volvió a barrer como si hubiese comentado el clima.

Más tarde, un mecánico joven le contó que en ciertas noches los motores se apagan justo en la curva, aunque estén recién revisados.

 

— Ùn hè micca una guastu, hè un ricordu..

No es una avería. Es un recuerdo.

 

Lo dijo riendo, pero no era broma.

El sacerdote, desde el umbral de la iglesia, añadió: 

—Aquí hay almas que no terminaron su historia. No hacen daño. Solo se aseguran de que nadie la cierre en falso. 

Nadie bajaba la voz. Nadie dramatizaba. La Dama Blanca no era un espectáculo: era parte del inventario moral del pueblo.

Al caer la noche, Adrián regresó al hostal. Desde la ventana vio la carretera plateada por la luna. El silencio tenía una consistencia casi líquida.

La figura apareció sin anuncio. 

Caminaba por el borde del asfalto con una serenidad doméstica, como quien vuelve de una visita. Vestía de blanco, pero no reluciente: la tela parecía antigua, ligeramente arrugada por el tiempo. 

Un automóvil ascendía lentamente. Se detuvo a su lado. Ella abrió la puerta trasera y entró. 

No hubo viento súbito ni música espectral. Solo un descenso imperceptible de temperatura que hizo que el vidrio de la ventana se empañara por dentro.

El coche avanzó unos metros y se apagó en la curva más cerrada. Las luces parpadearon una vez. El conductor miró hacia atrás.

El asiento estaba vacío.

Pero la mujer no había desaparecido.

Ahora estaba de pie al borde del camino, frente al hostal.

Adrián no recordó haber bajado las escaleras ni cruzado la puerta. Solo supo que estaba allí, a pocos pasos de ella, sintiendo un frío que no hería, sino que atravesaba.

Sus ojos no pedían venganza. Pedían exactitud.

Y sin que nadie lo narrara, comprendió fragmentos: una promesa rota en esa misma curva, una caída en la noche, un silencio más pesado que la tierra. No vio el gesto final ni escuchó el grito. Solo percibió que algo había sido negado, y que la negación aún respiraba.

En el monte comenzaron a encenderse pequeñas luces. No eran faros ni linternas. Flotaban con la paciencia de lo que no tiene prisa. Algunas descendían hasta el borde de la carretera, otras se quedaban suspendidas entre los árboles.

Las ánimas errantes.

Una de las luces se detuvo junto a la mujer. No se tocaron. Pero la claridad aumentó apenas, como si compartieran una misma respiración.

En la curva, el coche volvió a encenderse solo.

La mujer dio un paso atrás y, sin desvanecerse ni transformarse en humo, cruzó la carretera y desapareció detrás de un olivo. El árbol quedó inmóvil, pero una lluvia leve de pétalos blancos cayó de sus ramas, aunque no era tiempo de floración.

Adrián permaneció allí hasta que el frío dejó de sentirse como un mensaje.

Al amanecer, alguien golpeó la puerta.

 

—Signore, a culazione hè pronta.

¡Señor! ¡El desayuno está listo!

 

Abrió. El hostelero lo observó con una sonrisa apenas inclinada.

 

—Avete trovu ciò chì circavate ?

¿Encontró lo que buscaba?

 

Adrián sostuvo la mirada

El hombre asintió, como si esa fuera la única respuesta correcta. 

En el comedor, una mujer comentaba que durante la noche habían aparecido pétalos en la curva. Otro decía que su coche se había detenido un instante, aunque el motor estaba nuevo. Nadie parecía alterado.

Era parte del paisaje. 

Antes de partir, Adrián caminó una vez más hasta la carretera. La luz del día hacía que todo pareciera común, casi inocente. Sin embargo, sobre el asfalto, en la curva exacta donde el coche se había apagado, quedaba una línea tenue de humedad, como si alguien hubiera llorado allí durante siglos.

Una anciana barría los pétalos hacia el borde con la misma paciencia con que se guardan los recuerdos.

La isla continuaba. 

El calor húmedo de Panamá lo recibió días después con su respiración espesa y familiar. El aeropuerto bullía, los anuncios se superponían, la vida avanzaba con su prisa habitual. 

Tomó un taxi. 

El conductor hablaba por teléfono mientras arrancaba. Adrián miraba por la ventana, todavía con la sensación de que el mar seguía debajo de todo.

A mitad del trayecto, algo lo hizo volverse.

El asiento trasero, a su lado, estaba vacío.

Pero una franja del cojín, justo donde cabría una persona sentada con las manos sobre el regazo, se veía ligeramente hundida.

Y frío.

No era el frío del aire acondicionado. Era un frío distinto, puntual, concentrado, como si alguien acabara de levantarse.

Adrián apoyó la mano.

El conductor no notó nada. 

—¿Todo bien, jefe? —preguntó por el espejo. 

—Sí —respondió Adrián, retirando la mano con calma. 

Al mirar de nuevo, el asiento estaba liso. Tibio. Común.

 

El taxi continuó su ruta entre semáforos y bocinas.

Adrián comprendió entonces que algunas memorias no pertenecen a un territorio. Viajan. Se acomodan en los trayectos largos. Se sientan en silencio.

Y esperan.

 

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados

 

*NUESTRO AGRADECIMIENTO A MARIE PAULE POR SU SUGERENCIA PARA LA CREACIÓN DEL PRESENTE RELATO Y SUS CORRECCIONES DE FRASES EN DIALECTO CURSO. SIN ELLA NADA DE ESTO SERÍA POSIBLE.

 

Mito: La Dama Blanca de los caminos

En ciertas carreteras solitarias, sobre todo en zonas montañosas, se habla de una mujer vestida de blanco que aparece de noche.

A veces pide que la lleven en coche; otras simplemente se manifiestan al borde del camino.

Cuando alguien se detiene o la recoge, ella desaparece antes de llegar al destino, dejando una sensación de frío intenso. La Dama Blanca suele estar asociada a un amor trágico, a una traición o a una muerte violenta. No es agresiva, pero su presencia es un anuncio de desgracia o un recordatorio de un pasado que no ha sido reparado.

Las ánimas errantes

En varios pueblos del interior se cree que las almas de quienes murieron sin justicia, sin confesión o sin entierro digno vagan por los montes.

No siempre adoptan forma humana. A veces son luces pequeñas que flotan en la oscuridad, otras veces un susurro en el viento o un golpe inexplicable en la puerta.

La tradición aconseja rezar por ellas, no burlarse y no desafiarlas. La frontera entre vivos y muertos en la cultura corsa nunca es completamente rígida.