GRITO DEL ACANTILADO
Dicen que en lo alto del risco
la voz se vuelve destino,
y el que no se atreve al grito
se queda abajo, en el olvido.
Se escucha un grito en la sierra
que hace temblar a la roca;
no es un hombre: es esta tierra
que va cantando en mi boca.
Soy hijo de los barrancos,
del águila y del abismo,
donde el silencio es tan blanco
que se oye latir lo mismo.
¡Que se alcen ya los violines,
que mi pecho no se calla!
¡Que retumben los confines
donde el cobarde se halla!
Que se abran las cordilleras,
que el viento afloje el camino;
voy a soltar las banderas
que me clavó el destino.
¡Ay, ay, ay, ay…!
del pensamiento!
¡Ay, ay, ay, ay…!
se lo lleva el viento!
Mi voz no tiene fronteras,
ni el aire me pone freno;
traigo venas de cantera
y un corazón de trueno.
He dormido entre peñascos,
he bebido luz de estrella,
y aprendí que el miedo es casco
que se rompe cuando estalla.
¡Que tiemblen los campanarios,
que la noche se arrodille!
¡Voy cruzando los calvarios
con la garganta en cuchille!
Si me caigo, que sea al cielo;
si me rompo, que sea en canto…
que no vine por consuelo:
¡vine a desgarrar el llanto!
¡Ay, ay, ay, ay…!
del acantilado!
¡Ay, ay, ay, ay…!
se me vuelve relámpago!
Yo no le canto a la sombra
ni le rezo al desaliento;
mi garganta es una honda
que dispara contra el viento.
Si la vida es despeñadero
yo la cruzo de un salto alto,
porque el miedo es prisionero
y el que canta vive en alto.
¡GRITO DEL ACANTILADO!