Atravesamos, mientras vivimos,
el interminable umbral que dibuja
esta herida que es la vida,
donde nos conviene
reconocer cómo se burla, -de nuestra
curiosidad-, el misterio, con sus
traviesas e hipócritas miradas, y
con ese grito oscuro que debilita
sin parar, constantemente, las escasas,
ingobernables y poco conocidas
esperanzas e ilusiones que el
hombre tiene.
El misterio, maneja nuestras conductas
con ese ritmo que nos marca y con
el que disfruta acogiendo, exprimiendo,
la fatiga de nuestras voces, que a penas
pueden ya insistir más.
Pero tenemos una oportunidad: Cuando ya
huela a rancio residuo, por adherido a nuestra
decepción, es obligado saltar al abismo, aunque
no se entienda nada. Tras el salto, tenerlo
por cierto, simplemente, hay que dejarse llevar.
Aquellos que se atrevan se encontraran
al final del viaje…
Ya hablaremos…