Le Pedí una señal al cielo,
una palabra, un motivo,
y el destino, siempre esquivo,
me regaló tu consuelo.
Sin buscarlo, sin recelo,
salimos de aquel recinto,
caminamos sin instinto
que pudiera separarnos,
y empecé a maravillarnos
de este inesperado paso.
II
Tu amabilidad todo lo hizo,
lo sé bien, no me confundo,
pero en este hermoso mundo
tu presencia me electriza.
Y aunque el alma se me eriza
de pensar que fue un favor,
me encontré con el calor
de tu risa y tu mirada,
y en el agua derramada
se ahogó cualquier temor.
III
La lluvia nos cobijaba
en su manto de cristal,
y en un ritual celestial
tu mirada de pronto hablaba.
La creación se asomaba
Con el brillo de tus ojos,
y entre dicha y sus antojos,
yo metido en ese cielo,
descubrí que mi desvelo
se vestía de sonrojos.
IV
Hablé, hablé sin parar,
temí haberte aburrido,
pero vi en ti el latido
de quien sí sabe escuchar.
Te vi reír y soñar
mientras el agua caía,
y en esa melancolía
de la noche, noche mía,
supe que no era nada,
sino pura poesía.
V
Y allí estábamos los dos,
bajo el agua, en la vereda,
una historia que se queda
escrita por propia voz.
No fue un sueño, por Dios,
fue un instante verdadero,
donde el mundo fue ligero
y el tiempo todo ahí se detenía.
¿Qué más pedir si ya había?
Dios, la Lluvia, la noche… y tu hermosa compañía