Tomé el polvo y dibujé tu retrato,
recordé el silencio, rompió el contrato
que nuestros labios alguna vez sellaron;
después de ese beso se separaron.
Ya no se volvieron a unir igual:
tú eras la azúcar y yo la sal,
sin nada más que lo diluyera;
aun así, cambiamos de alguna manera.
Solo para embonar como pareja.
Quién diría que nosotros pusimos la reja.
Tendríamos la llave para no usarla;
un día abrí la puerta, porque amarla
también es dejarla ir por su camino.
Al final, si debemos estar, el destino
nos cruzará otra vez en este mundo,
ya sea en un año, un día, un segundo.