Dicen que no tiene alma.
Que la dejó olvidada
en una guerra sin nombre
o la vendió por un instante de silencio.
Camina sin ruido,
con los ojos llenos de invierno
y las manos manchadas
de decisiones imposibles.
El desalmado no llora.
Aprendió que las lágrimas
son lujos de quienes aún creen
que alguien escucha.
Habla poco.
Y cuando lo hace,
sus palabras caen
como piedras en un lago sin fondo.
Pero nadie ve
que en su sombra
tiembla una llama diminuta.
Nadie sabe
que guarda en el pecho
una promesa rota
que todavía intenta cumplir.
Le llaman monstruo
porque no sonríe,
porque no tiembla,
porque no suplica.
No entienden
que el alma no siempre se pierde:
a veces se esconde
para sobrevivir.
El desalmado carga el mundo
sin pedir absolución.
Ama sin nombre.
Protege sin gloria.
Y cuando al fin se detenga,
cuando el polvo lo reclame,
quizá alguien descubra
que nunca estuvo vacío.
Que su corazón
latía en silencio,
más fuerte
que todos los que lo juzgaron.