Mane Castro Videla

Ave Negra en el Pecho -la sombra alada-

Ave Negra en el Pecho
-la sombra alada-

Lo supe desde el primer latido torcido,
desde el primer silencio que cayó como gota de plomo en el pecho…
Lo vi en las grietas de las palabras,
en las promesas que se deshacían como niebla al alba,
en los ojos que juraban todo y nada sostenían…
Mi intuición no callaba…
era un tambor sordo bajo la piel,
un pulso oscuro, insistente,
un ave negra que aleteaba contra mis costillas
repitiendo sin voz, una y otra vez,
«míralo, míralo, míralo… no es para ti».
Pero yo la acallé.
La envolví en terciopelo de mentiras suaves, prolijamente,
la hundí en el fondo del hambre antigua
que me nacía del vientre mismo:
hambre de ser nombrada,
de ser elegida,
de que alguien se quedara cuando yo cerrara los ojos…
Elegí creer
porque la sed ardía más que la verdad,
porque el vacío ya lo conocía de memoria
y prefería su veneno conocido
al filo frío de soltar…
¡¡¡No fui víctima!!!
Esa palabra nunca me cupo en la garganta.
Lo que me quebró fue el corte que me hice yo sola:
seguir caminando con la ilusión en las manos angeladas
mientras la sangre corría por dentro,
mientras mi cuerpo entero gritaba «para»…
Y cuando todo se vino abajo,
la voz que más dolió
no fue la suya.
Fue la mía,
baja, implacable:
«Lo sabías. ¿Por qué te quedaste?»
Esa pregunta me persiguió como lluvia en metal,
hasta que un día ahogada de dolor, sufrimiento y muerte, la miré de frente
y comprendí:
no podía irme entonces… no podía. No podía.
No por débil,
sino porque la herida mandaba,
porque el miedo a despertar sola otra vez
pesaba más que cualquier certeza,
porque necesitaba la ficción
como el náufrago necesita el tablón que flota.
Hoy ya no me azoto con esa voz.
Ya no busco culpables en los espejos rotos…
Solo acaricio, con manos angelicales temblorosas pero firmes,
a la que fui:
la que amó desde la grieta abierta,
la que calló para no desangrarse del todo…
Individuarse
es esto:
abrazar a la niña hambrienta sin dejar que gobierne,
saber que no fallé por abrir el pecho,
sino por abrirlo cuando aún sangraba…
Algo se ha soltado.
Ya no corro a coser los silencios extraños,
ya no bordo excusas sobre las heridas frescas…
La próxima vez que el tambor suene en mi pecho,
que el ave negra despliegue alas,
no la ahogaré para retener a nadie…
La escucharé
para retenerme a mí.
Porque ahora sé:
perder a quien no me mira de verdad
es un dolor que pasa.
Perderme a mí misma
es un invierno que no acaba nunca…
Y yo
elijo el fuego que empieza conmigo…
Aunque queme.
Aunque tiemble la primera llama en la oscuridad.
Aunque por un instante no haya nadie más
al otro lado del puente…
Porque al final,
lo único que no puedo dejar atrás
soy yo!!!
Y esa certeza
ya no pesa.
Canta.
Como un río que recuerda su cauce
y se lanza,
libre,
hacia el mar…

Mané Castro Videla
♥️🕊️🌹