La vida nos apaga los gestos,
nos enseña a esconder la luz,
pero dime,
¿has visto a un ciego disimular su alegría?
Él no se mira en el espejo,
no se juzga,
no carga en los hombros
los rostros ajenos que lo miden.
Cuando sonríe, lo hace pleno,
porque ignora los prejuicios del mundo,
ese mundo que al ver felicidad
a veces señala,
a veces llama loco
a quien simplemente respira libertad.
Ojalá pudiéramos,
como él,
sentir sin miedo,
sonreír sin permiso,
y dejar que el alma brille
sin pedir perdón.