Efrain Eduardo Cajar González

Ascenso

I

La senda inicia en polvo todavía,
con piedra suelta y pasto humedecido;
el cerro guarda en su silencio antiguo
secretos que el asfalto no conoce.
Respiro hondo el aire de la altura
como quien bebe un agua primitiva;
cada paso desprende del cansancio
el ruido acumulado de la ciudad.

II

El sol se filtra entre las hojas altas,
dibujando en la tierra mapas vivos;
la sombra avanza lenta a mi costado
como un hermano fiel que no me deja.
El pulso marca ritmo en las costillas,
la sangre canta firme en la subida;
hay algo en esta lucha contra el aire
que ordena lo disperso del espíritu.

III

Cruje la rama seca bajo el peso,
un pájaro levanta vuelo súbito;
el mundo se reduce al paso exacto
que busca equilibrio entre dos piedras.
No hay prisa que gobierne la colina,
ni reloj que imponga su mandato;
aquí el tiempo respira con la tierra
y el cuerpo aprende su medida justa.

IV

La pendiente se vuelve más severa,
el muslo arde y el pecho se acelera;
pero el cansancio no es enemigo,
es prueba de que vivo y estoy presente.
Cada gota que rueda por la frente
es pacto silencioso con la altura;
la cima no se ofrece al descuidado,
exige voluntad sobre la duda.

V

Me cruzo con un árbol retorcido,
testigo antiguo de tormentas duras;
sus raíces se aferran a la roca
como memoria terca de la vida.
Pienso en todo aquello que resiste
cuando el viento amenaza derribarlo;
el cerro enseña sin palabras
la lección callada de permanecer.

VI

Un claro abre el valle a mis espaldas,
la ciudad parece un sueño pequeño;
las casas son apenas líneas claras
que tiemblan bajo el sol de la distancia.
Comprendo entonces cuán breve es el ruido
que abajo parecía tan urgente;
la altura vuelve frágiles las quejas
y limpia el horizonte de temores.

VII

Sigo avanzando entre piedras húmedas,
escucho el roce leve de la brisa;
la piel se enfría y el sudor se seca,
el aire cambia, se hace más ligero.
Caminar es también despojarse
de cargas que no pesan en la cima;
la montaña no admite equipajes
que no sean esfuerzo y asombro.

VIII

Hay instantes en que dudo del camino,
la senda se bifurca sin señales;
pero algo dentro sabe hacia dónde ir,
como brújula antigua en la conciencia.
El cerro no promete facilidades,
promete vista clara al persistente;
la duda es parte misma del ascenso
y el miedo se domestica al paso firme.

IX

La cima asoma tímida entre nubes,
ya no es rumor, es línea definida;
el cuerpo, agotado y agradecido,
se inclina ante la luz que lo recibe.
No es victoria lo que siento arriba,
es silencio ancho que me abraza entero;
la aventura no fue sólo el paisaje,
fue descubrirme capaz de alcanzarlo.

X

Me siento sobre roca tibia y quieta,
miro girar el mundo bajo el cielo;
el viento habla lengua sin palabras
que sólo el corazón logra entender.
El valle late lejos, diminuto,
como si fuera historia ya pasada;
la cima no es final sino pausa
para mirar con nuevos ojos todo.

XI

Descender será otra aventura,
porque bajar también exige temple;
pero ahora el cerro me ha cambiado,
ha dejado su marca en mis pasos.
No soy el mismo que inició la senda,
algo quedó arriba con el viento;
algo regresará conmigo al llano
como llama discreta y persistente.

XII

Caminar un cerro es más que subirlo,
es conversar con piedra y con silencio;
es enfrentar el peso de uno mismo
hasta que el alma encuentre ligereza.
La aventura no termina en la cima,
continúa en la forma de mirarlo;
quien asciende regresa transformado,
con la montaña viva en la memoria.