JUSTO ALDÚ

¿SE DEBE PROHIBIR EL ACCESO A REDES A MENORES DE 16? (Artículo)

La adicción es rentable: el juicio a Meta y Google y la responsabilidad detrás del diseño digital

 

El lunes 9 de febrero comenzó en un tribunal civil de Los Ángeles un juicio que podría sentar un precedente decisivo. Meta y Google —propietaria de YouTube— enfrentan acusaciones que trascienden la simple moderación de contenidos. El abogado del demandante fue directo: las plataformas “crearon adicción” entre usuarios jóvenes.

La expresión no es menor. Si algo genera dependencia y, además, produce beneficios multimillonarios, surge una pregunta incómoda: ¿se trata de un efecto colateral inevitable o de una consecuencia coherente con el modelo de negocio? 

Investigar este tema no ha sido sencillo. La Información abunda —estudios científicos, informes internos, demandas colectivas, testimonios de expertos— porque el debate está en plena ebullición. Lo complejo no es hallar datos, sino interpretarlos sin caer en alarmismos ni en negaciones cómodas. Entre la exageración y la indiferencia, el análisis exige equilibrio.

Un diseño pensado para prolongar

Uno de los elementos más discutidos es el scroll infinito. Aparentemente inocente, elimina el final. No hay última página ni cierre natural. Se desliza el dedo y el contenido continúa. Sin interrupciones.

Desde la perspectiva del diseño conductual, su eficacia radica precisamente en esa ausencia de límite. El usuario no decide activamente continuar; simplemente sigue. Para un adulto puede significar distracción extendida. Para un menor, cuyo autocontrol y percepción del tiempo aún se encuentran en desarrollo, el impacto puede ser más profundo.

En el ecosistema digital, la atención no es un subproducto: es la materia prima. Cuanto más tiempo permanece alguien conectado, mayor es la exposición publicitaria y mayor el flujo de datos que alimenta el sistema. La permanencia se traduce en ingresos. Esa ecuación es simple y transparente.

Aquí aparece la tensión central del juicio: cuando el beneficio depende del tiempo sostenido frente a la pantalla, reducir ese tiempo no parece precisamente rentable.

Algoritmos que intensifican lo que retiene

Los algoritmos de recomendación añaden otra capa. Analizan cada interacción: duración de visualización, repeticiones, comentarios, pausas. Con esa información modelan perfiles conductuales de notable precisión. 

Su objetivo declarado es personalizar la experiencia. Sin embargo, múltiples investigaciones sugieren que el contenido que provoca emociones intensas —ya sea entusiasmo, indignación o inseguridad— tiende a generar mayor permanencia.

Un estudio longitudinal publicado en JAMA Network Open que siguió a casi 12 000 menores encontró que un mayor uso de redes sociales se asociaba con un aumento posterior de síntomas depresivos. Otra revisión sistemática en JAMA Pediatrics, que analizó más de un millón de adolescentes en diversos estudios, halló correlaciones consistentes entre uso intensivo y ansiedad o depresión. No prueban causalidad absoluta, pero sí establecen una relación que no puede ignorarse.

En la adolescencia, etapa marcada por la búsqueda de identidad y validación, la personalización algorítmica puede amplificar vulnerabilidades. Si un joven muestra interés por dietas extremas o contenidos autocríticos, el sistema puede reforzar ese patrón hasta convertirlo en un circuito cerrado. No todos los casos desembocan en daño, pero el riesgo existe. 

Y cuando esa permanencia incrementa ingresos, la sospecha se instala: si la conducta compulsiva aumenta la rentabilidad, la frontera entre accidente y diseño se vuelve difusa.

¿Adicción o término excesivo?

La palabra “adicción” es clínicamente debatida. No todos los especialistas la aplican al uso de redes sociales. Sin embargo, muchos reconocen patrones similares a los de conductas adictivas: necesidad creciente de uso, irritabilidad al desconectarse, alteraciones del sueño, interferencia académica.

El debate no es trivial. No se trata de etiquetar sin rigor, sino de examinar si el diseño digital potencia conductas problemáticas en menores y si el modelo económico obtiene beneficios directos de esa intensificación. 

Cuando la arquitectura tecnológica optimiza cada segundo de permanencia, la discusión deja de ser exclusivamente tecnológica y se convierte en ética.

Prohibir o regular: una decisión compleja

Ante este escenario, la pregunta reaparece: ¿debe prohibirse el acceso a redes a menores de 16 años? 

La prohibición total parece una solución clara y protectora. Pero su aplicación práctica sería difícil y podría fomentar accesos ocultos. Además, las redes forman parte del tejido cultural contemporáneo; excluir por completo a los menores podría generar otro tipo de aislamiento. 

La permisividad absoluta, por su parte, ignora la sofisticación psicológica del diseño digital y las desigualdades en supervisión familiar.

Entre ambos extremos, la opción más razonable parece ser la regulación firme: verificación de edad, límites de uso, mayor transparencia algorítmica y educación digital obligatoria. Y, sobre todo, responsabilidad empresarial cuando el diseño favorezca daños previsibles.

Una postura después de atravesar dudas

Al iniciar esta reflexión, la inclinación podía ser tajante. Proteger mediante la prohibición parecía una respuesta contundente. Sin embargo, al revisar estudios, analizar cifras y escuchar argumentos diversos, la simplicidad inicial se volvió insuficiente.

La prohibición absoluta no parece la vía más eficaz. Tampoco lo es la indiferencia regulatoria. Si el modelo económico premia la atención prolongada —incluso cuando afecta a menores— la carga no puede recaer únicamente en la fuerza de voluntad de un adolescente ni en la vigilancia permanente de los padres. 

La libertad auténtica requiere condiciones para ejercerse con criterio. Y ese criterio aún está en construcción en la adolescencia.

 Más que un juicio, una señal de época

El proceso judicial en Los Ángeles no resolverá por sí solo el dilema digital. Pero marca un cambio simbólico: por primera vez se examina no solo el contenido que circula, sino el diseño que lo sostiene.

No ha sido fácil adentrarse en este tema, aunque información no falte. Precisamente porque es un debate vivo, abundan estudios, opiniones y posturas encontradas. Entre el ruido y la evidencia, lo honesto ha sido aceptar la complejidad sin renunciar a una conclusión.

 

Quizá la cuestión no sea únicamente si debemos prohibir el acceso a redes a menores de 16 años. La pregunta más profunda es qué tipo de arquitectura digital consideramos aceptable para quienes aún están formando su identidad.

Porque al final no estamos discutiendo solo tecnología. Estamos discutiendo el entorno invisible donde una generación aprende a mirarse a sí misma.

Y ese entorno, nos guste o no, también tiene autores.

 

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