Alexandra Quintanilla

Sobre lo que se

De la vida no sé muchas cosas, más que lo que me he permitido observar.
Y, pese a lo que hago por asimilar quién soy, en realidad solo soy lo que se ve desde la pupila de un Dios que, mientras yo intento entenderlo, ya me había entendido tiempo atrás.

Y desde mi pupila creo que podría hacer una recopilación de muchas cosas: tristes, ansiosas, algunas hermosas, otras demasiado hedonistas, si de discreción se trata.
Todo es un balance por intervalos dentro de mi ser.
Agradezco que todo haya concluido dentro de la edad.
Las etapas, en algunas ocasiones, se me han adelantado —hasta el nacimiento, según ha contado mi madre—.

Pero…
Desde mi pupila: niños en parques de la costa y del altiplano.
Las manos de los jornaleros en los campos.
Suelos de tierra y suelos de cerámica reflejando el espectro de mi contorno.
Las máquinas en los procesos trabajando como toros.
El paladar amargo de un café caliente en el desayuno.
El paladar degustando una tortilla caliente, como todo guatemalteco desde las seis a. m.
Las hojas de los árboles meneándose.
Las sonrisas hermosas de quienes he amado.

He amado tanto, ¿sabes?, que a veces siento que ya no puedo amar lo suficiente.
De eso se trata toda esta encrucijada en la que he estado metida estos años: ¿a dónde se van los sentimientos cuando dejan de sentirse adentro de una?
Cuando el otro se convierte en un desconocido mientras otro comienza a ser un océano de futuras posibilidades.

De lo que he aprendido a evitar.
De lo que recuerdo y no quisiera olvidar jamás.
Y de algunas cosas que, en cambio, quisiera borrar.

Hay días en los que una cosa le gana a la otra, y ambas son dos fieras que se pelean a diario por vencerse.
No saben ser amigas, pero yo sé que una sostiene a la otra para formar una yo completa y acomplejada.
Aunque, sincerándome, siempre apuesto a que gane lo hermoso.
Cuando gana lo tétrico, no es un buen día.
Y cuando no hay un ganador, es ahí donde surge el equilibrio.

Entender que sobre lo malo crece aquello en lo que no quiero permanecer, lo que ya no quiero ser ni lo que ya no quiero querer.

Sobre quienes dicen conocerme, en realidad solo le apuntan a algo que creen.
Dentro de este éter, ni yo misma me he logrado entender.
Pienso que, a veces, me desentiendo más de lo que logro comprender.
Pero de eso se trata.

Hay almas tan indecisas como la mía que dedican toda su vida a saber quiénes son, para descubrir que no son nada en un mundo tan asimilado.

Hay seres como yo a quienes, entre letras, se les va la vida.
A veces letras ajenas y a veces las propias.
A veces se meten tanto en los libros que, ¿quién nos logra sacar de ahí?
Saber descifrar un sentimiento en unas cuantas palabras solo es un reflejo.
En ocasiones las palabras muestran más que los espejos y, en otros muchos casos, los números nos dan respuestas más exactas que el sí que esperamos.
Como una ausencia: solo un número descifrado a través del tiempo significa cuánto significamos para quienes extrañamos. Podemos resumir setecientos treinta días en dos años.

La aritmética siempre ha sido cosa mía.
La geometría solo la comprendo desde el punto de vista:
como una estructura hermosa que se funde entre dos hombros que me sostienen cuando los días malos no me comprenden. Usted sabe bien de qué estoy hablando.