A la discretísima señorita modestia,
esa mujer con bolso de yute de hilos flacos.
La modestia tan modesta, que hubiese sido humilde
si fuera conforme.
La modestia sonriente.
La modestia incomparada.
La maceta de la planta,
el agua de su tierra.
La perpleja de intemperie.
La acogedora del mundo.
La surtidora de alimento.
La que tiene sucias manos
—sucias por limpiar otras manos—
La ventana, la luz.
La empenumbrada de cortinas.
La cubierta de sábanas.
La chaqueta sobre el charco.
La escalera desencalonada.
La olvidada por nosotros.
La que... ¿De qué hablaba?
¡Aja! A esa pacientísima señora modestia:
¡póngase un par de cejas bien puestas!