Era un trabajo durísimo, doce horas al día, desde que el alba rayaba en el horizonte hasta que el sol decía adiós con la manita, de pie, el mismo proceder a un ritmo endiablado, sacar y meter, a una velocidad de vértigo, un cíbor avant la letre, un poder pensar en sus cosas porque el espacio neuronal necesario para hacer esa tarea cada vez era más exiguo en su mapa craneal, a tal punto que convirtió tedio en descanso, en oportunidad para estar consigo mismo y pensar en qué hacer al llegar a casa: hacer la colada, lo primero, recoger la cocina y el cuarto de baño, ir a comprar la lista de artículos también pensados con la música de fondo del martilleo de la fábrica y los gritos de los \"galeotes\", zurcir los calcetines a Juan y a los niños, sus braguitas y calzoncillos, su camisa blanca de los domingos, llamar a su madre muerta de pena en Arkansas... Duro no, lo siguiente, pero el dinero era necesario, imprescindible en una economía donde los dadores de recursos eran escasos: uno (en concreto una); su marido fue víctima de la guerra no hacía un año, sus hijos, todavía púberes, no cumplían las condiciones legales todavía para empezar a trabajar, a aportar pecunio a unas arcas tan secas, a quemar su salud para el bien y provecho de un patrón podrido de pasta... (y en eso ella no quería participar, los suyos no serían carne de cañón, se juró). Duro, y eso que recientemente la legislación laboral evolucionó de las quince a las doce horas como tope máximo de jornada diaria, eso sí, con la consiguiente merma en unos salarios ya de natural mermados, y más siendo mujer.
Aguantaba, era y sigue siendo de salud fuerte, inquebradiza, a sus ciento veinte años.