Nacimos del polvo rojo y del frío,
cuando la noche era más grande que el miedo
y el fuego era un dios pequeño
temblando entre nuestras manos.
Caminamos descalzos sobre la tierra antigua,
mirando las estrellas
como si fueran heridas luminosas
en el cuerpo oscuro del cielo.
En las cavernas pintamos bisontes y sueños,
dejando constancia de que existimos,
de que el corazón ya latía
con hambre de eternidad.
Levantamos ciudades donde antes hubo ríos,
alzamos templos para tocar lo invisible,
y nombramos a los dioses
con voces llenas de esperanza y temor.
Inventamos la palabra
para abrazarnos sin tocarnos,
y la espada
para herir lo que no comprendíamos.
Fuimos imperio y fuimos ruina.
Fuimos cadenas y fuimos libertad.
La misma mano que escribió poemas
firmó guerras bajo cielos incendiados.
En los campos de batalla
la historia lloró en silencio,
mientras madres sostenían al mundo
entre brazos vacíos.
Pero también fuimos puente.
Fuimos ciencia, arte y música.
Desciframos el lenguaje de las estrellas
y sembramos luz en la oscuridad.
Desde la rueda hasta el relámpago domado,
desde el pergamino hasta la pantalla brillante,
hemos buscado siempre lo mismo:
sentido, pertenencia, amor.
La historia humana no es línea recta,
es herida que aprende a cicatrizar.
Es caída tras caída
y el milagro obstinado de levantarse.
Hoy, aún divididos por fronteras invisibles,
seguimos siendo la misma chispa antigua,
la que miró al cielo por primera vez
y decidió no rendirse.
Porque la humanidad no es solo pasado:
es promesa.
Es un latido colectivo
que, pese a todo,
aún sueña.