La Santa Libertad del Alma
El amor no conoce cadenas ni reclamos,
su vuelo es alto, libre como el viento en la montaña;
pasa sobre los muros y las rejas con la misma suavidad
con que la lluvia besa la tierra sedienta de ternura,
y en su camino va dejando huellas de un fuego que no engaña.
Ningún monarca pudo comprar su esencia con todo el oro,
ni los ejércitos domar su paso con sus banderas,
porque el amor se cierne sobre el mundo como una aurora
que ilumina por igual las cunas pobres y las altas esferas,
y transforma un harapo en un manto de brillante tesoro.
En la choza más humilde donde apenas entra el sol,
el amor despliega sus alas y enciende cada rincón;
convierte la escasez en fiesta y la rutina en canción,
y el corazón más cansado recobra su antiguo valor,
pues su aliento perfumado renueva la creación.
El amor se basta a sí mismo, no pide protección;
crece como la hierba en el campo sin dueño,
florece en la mirada que se encuentra con emoción,
y su raíz es tan honda que no la arranca ningún sueño,
ni la ley, ni el mandato, ni la fuerza, ni el empeño.
Conozco a un hombre que sembró amor en el exilio,
y en tierra extraña floreció su ternura sin medida;
su canto derribó fronteras, supo ser luz en el idilio,
y en cada palabra suya se escondía la vida,
como el mar esconde perlas en su profundo dominio.
El amor que no se entrega sin medida no es amor,
es moneda que se cuenta, es pacto con el temor,
es un pájaro con alas pero preso en su temor,
mientras que el amor genuino es un río creador
que desborda sus orillas con perpetuo resplandor.
Así camina el mundo cuando elige la verdad,
cuando deja que el afecto corra libre como el mar,
cuando el alma no negocia su más honda facultad,
y comprende que en la entrega se aprende a conquistar
la más alta de las cumbres: la santa libertad.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Mayo, 2024.