Seguir en escena
​Wcelogan
​Todo ha pasado —dicen—
como si el tiempo supiera cerrar puertas.
Pero no:
tu despedida fue un trámite de sombra,
firmado con manos que no eran mías.
​La casa aún pronuncia tu nombre
en la gramática secreta de los objetos:
la taza donde dormía tu boca,
la silla que guardó la forma de tu espera,
la ventana que aprendió tu mirar la tarde.
​Yo camino ahora
sin la costumbre de tu mano,
como un actor que ha perdido su marca en el suelo
y debe improvisar la luz
en mitad de la escena.
​Quedó este ovillo:
hilos de amor, de rabia, de incredulidad,
enredados en el pecho
como si el corazón fuera un telar
que no acepta la ausencia.
​Nadie nos enseñó
el oficio de seguir respirando
cuando la mitad del aire se ha ido.
Nadie dijo que el mundo
no bajaría el telón por nosotros.
​Y sin embargo,
la mañana abre sus cortinas,
la calle ensaya su ruido de siempre;
la vida, actriz obstinada,
repite su parlamento sin memoria.
​Entonces comprendo:
amar fue también
aceptar esta escena final, sin ensayo.
​Recojo tu recuerdo,
lo coloco sobre el pecho
como una flor que no se marchita,
y salgo otra vez al escenario
con la voz rota,
pero en pie.
​Porque la función
no pregunta
si estamos listos.