Sé que estás en esta fecha.
Que estos dígitos se trenzan
para hacer verja que te proteja,
que las sombras de los barrotes
se hacen hierros
que nos separan.
No recuerdo si tus besos,
me apretaban como cadenas,
o me dolían como un nacer de alas
por la espalda.
Tampoco tengo claro,
si la sombra de tus caricias
era oscuridad de celda
o luz sobre la montaña
que me aplastaba
los dedos de las manos.
Sé que el resplandor que reflejaban
tus guarismos contra el cielo,
te traducían por la mañana,
al medio día te explicaban,
y de noche te amanecían el alba,
si la Luna te negaba.
También sé que no había cábala,
ni alquimia,
ni conjuro,
ni magia,
ni piedra de toque
que rompiera la luz negra
que te cegaba.
No recuerdo si los días
se volvieron tumbas,
y las hojas del calendario
tu mortaja.
Sólo sé que no eres
en las demás fechas,
que sólo estás en los treinta
de febrero.
Que para el resto del año,
no te has quedado
ni en una micra de segundo,
ni en una pizca de rato,
ni en un suspiro del aire,
ni en un claro-oscuro
entre el polvo,
al contraluz de tu sombra.
Lo único que tengo
de tu recuerdo
es la ausencia,
que nunca rompe
contra mi nada.