¡OH, LA LUNA! ¡OH, EL SOL!
Hoy la Luna está de matrimonio.
Se nos casa la Luna. Se nos va de miel.
El papá pato se ajusta el frac, y la mamá
pato apresura a sus hijitos. Ahí van
caminando, y luego cruzando el río.
A tiempo para la ceremonia. Mientras tanto,
los pingüinitos con botínes rojos tocan su concierto de cuerdas.
Están todos los invitados, menos los elfos que aun no han llegado, pues ellos son más nocturnos, aun así esperan alguna fortuna que les permita salir de su bosque.
Pasan las horas, y afuera de la abadía este crespo Sol que da un paso para delante, luego te escama y se va de lado. Así como el perro que juega con su cola, asimismo uno persigue esa sombra de detrás, y parece que se juega a la Rayuela dando saltos arrevesados. Y después de tan embarazoso juego, solo queda aliviarse el sudor como si se tratase de una herida acuosa, donde cada gota que resbala parece un dedo húmedo que sospecha a cada momento de la plancha.
[PREÁMBULO AMOROSO]
«La Luna viene envuelta en su velo oscuro, y el aire calientito va quitando sus ropas hasta dejarla completamente albina. Y por ahora: lejana y lejos, pero ella se luce. En las horas venideras tendrá que bajar, recostarse en la orografía de las montañas [el Gran Dosel], hundirse en el lago quietamente, mientras el conticinio la toma entre sus brazos y los pájaros la arruyan con sus cantos peinandole sus cabellos de plata.
El Sol, como pez dorado que salta
de su estanque, abre la ventana y sale triunfante en el dilúculo.
(...)
Tocar amorosamente a una mujer, es pues: recorrer sus litorales, y cada tanto tirarse del acantilado de su boca, zambullirse en su pelo—como enredadera de magnolias— y volverse capitán suyo: escribirle poemas trasatlánticos: recostados hasta que el Sol y la Luna se vuelvan tan solo uno—dijo el Sol—.