Vale Moran

Los invisibles

Entró al baño. La luz cálida caía sobre el espejo. Tomó el peine y comenzó a desenredarse el pelo. Se inclinó apenas para verse.

Pero lo que encontró no fue su rostro.
Fue nada.

Se giró con brusquedad. Todo estaba en su sitio: el azulejo, la toalla colgando, el jabón sobre la bacha. No estaba loca ni ciega. Lo único distinto era el espejo.

No la reflejaba.

Se acercó. Sintió un vacío nítido, como si el vidrio fuera una ventana abierta a un mundo donde ella jamás hubiera existido.

Parpadeó. Tocó la superficie. El frío la atravesó como un invierno súbito.

Y entonces ocurrió.

El espejo no la empujó: la respiró.
Desde el otro lado algo aspiró con fuerza y ella fue apenas un hilo de aire. La noche cayó sobre su cuerpo, aunque afuera todavía era de día.

No vio colores.
No sintió caída.
Solo una ausencia tan total que por un instante resultó extrañamente apacible.

Cuando abrió los ojos estaba en un corredor largo, sin paredes definidas. Como si caminara dentro de un pensamiento brumoso. El suelo parecía hecho de vidrios rotos que vibraban bajo sus pasos.

Al fondo, una luz.
Un color imposible.
Un tono que la adormecía y se desvanecía cada vez que intentaba alcanzarlo, como un corazón fatigado.

No estaba sola.

Primero oyó pasos. Muchos. Luego distinguió figuras desplazándose en silencio, como si el sonido no les perteneciera. Caminaban sin rumbo, con la mirada baja o perdida en un punto invisible.

Eran personas. O algo parecido.

Lo perturbador no fue verlas.
Fue advertir que no tenían reflejo. Ni en el suelo brillante ni en la superficie curva del aire que los rodeaba. Ni siquiera en los ojos de los otros.

Eran los invisibles.

—¿Hola? —intentó.

Las figuras se detuvieron. Parecían reconocer el sonido, pero no el sentido. Nadie respondió.

Se movían con una mecánica fatigada, como si hubieran olvidado el propósito de estar allí.

Entonces una mujer se acercó. Joven, aunque su rostro parecía cargado de un tiempo imposible.

—No te mires —susurró.

—¿Por qué?

Los ojos de la mujer eran hermosos y completamente huecos.

—Porque si te ves… desaparecés.

La frase quedó suspendida, vibrando en el aire.

Laura siguió avanzando. Vio gente vestida como si hubiera sido arrancada de distintos momentos de su propia historia. Todos compartían la misma condición: no se veían.

Ni en el mundo real.
Ni dentro de sí.

Y entonces comprendió.

Ese espacio absorbía a quienes habían dejado de mirarse mucho antes de que el espejo lo revelara.
A quienes existían, pero no se reconocían.

Llegó a una explanada luminosa, el centro de aquel laberinto sin bordes. Allí se alzaba un espejo gigantesco, curvado, palpitante.

Y dentro estaba ella.

—Quédate conmigo —dijo su reflejo—. Si no, voy a desaparecer.

La multitud comenzó a acercarse. No caminaban: eran arrastrados por algo que habían perdido.

Laura retrocedió.

El espejo tembló. Por primera vez su reflejo la miró con lágrimas.

Entonces lo entendió.

No había llegado allí por accidente.

Estaba a punto de convertirse en una de ellos.

Una mujer que vive pero no se ve.
Que habla pero no se oye.
Que respira pero no está.

Extendió la mano. El reflejo hizo lo mismo. Cuando sus dedos se tocaron, un crujido seco atravesó la dimensión. Como un cristal que estalla.

Las sombras retrocedieron.

Y fue expulsada.

Cayó de espaldas en el baño. El espejo real tenía una grieta fina, luminosa, como una cicatriz reciente.

Su rostro estaba allí.

Humano.
Respirando.

Se sostuvo el pecho.

Seguía temblando.