Hay un punto del exilio
del que casi nadie habla.
No es cuando te vas.
No es cuando aprendes otro acento
ni cuando finges que te adaptas.
Es cuando vuelves.
A la casa que todavía te nombra,
al barrio que no cambió de sitio,
a la mesa donde tu silla
sigue esperando.
Ríes demasiado.
Te mueves como si nunca te hubieras ido.
Pero abrazas distinto.
Aprietas más fuerte.
Un segundo más.
Como si en ese segundo
pudieras doblar el abrazo
y guardarlo en la maleta
entre la ropa limpia.
Porque el pasaje ya está comprado.
Y no lo dices.
No lo dices
porque si lo dices en voz alta
la habitación se quiebra.
Tu madre se queda en silencio.
Alguien cambia de tema.
Tú miras el suelo
como si allí hubiera una salida.
La última noche
no duermes.
Recorres las paredes con los ojos
como quien memoriza un rostro
antes de perderlo.
En el aeropuerto
nadie habla de la posibilidad
de no volver a verse.
Se dicen cosas pequeñas:
“avisa cuando llegues”,
“cuídate”,
“no trabajes tanto”.
Pero la palabra “última”
flota entre los cuerpos
sin que nadie la toque.
Irse fue una vez.
Lo insoportable
es este regreso breve:
abrir la puerta
y sentir que tu sombra
ya no encaja en la pared.
Y mientras el avión despega
y la ciudad se vuelve maqueta,
te preguntas, en silencio,
si ese abrazo
—el que apretaste un segundo más—
fue el último.
Jesús Armando Contreras.