Hay un secreto
que no cabe en la boca
ni en la tinta,
ni en el pensamiento que intenta atraparlo.
Es más antiguo que la primera sombra
y más frágil que el último suspiro.
Vive en el borde
donde el miedo se vuelve ternura,
donde la noche confiesa
que también quiso ser amanecer.
Lo he sentido en el pecho,
como un golpe suave,
como un recuerdo
de algo que nunca viví.
Si lo nombro, se rompe.
Si lo callo, arde.
Es la verdad que tiembla
cuando alguien perdona,
cuando alguien ama
sin testigos.
No tiene sílabas,
pero mueve imperios invisibles.
No tiene rostro,
pero nos mira
cada vez que elegimos ser luz
en medio del ruido.
Y aun así…
permanece intacto,
impronunciable,
un secreto
imposible de nombrar.