Me quedan pocas fuerzas, es verdad,
pero las tengo todas bien organizadas.
Ya no corro tras los autobuses:
dejo que se vayan con su ruido a otra parte,
convencido de que el sitio al que me llevan
está siempre aquí mismo, si me quedo quieto.
He ganado en astucia lo que perdí en reflejos.
Ahora sé que estar vivo
no era aquel estruendo de los años ochenta,
sino este modo lento de cruzar la calle
para decirte «hola»
y que el olvido se muera de impaciencia
esperando a que yo termine de quererte.