En esas rabietas tuyas,
he visto que tu mirada —breve y honda—
labra mi cuerpo,
como lluvia que despierta la tierra,
como rocío que acaricia el surco.
Somos tierra y raíz,
Cuando, en el idilio de la noche,
te siento en mi regazo,
anidándote como un secreto,
para que el universo aplauda
la batalla de dos cuerpos.
Y después,
amarnos:
sembrar constelaciones en la piel,
dejar semillas errantes
en la espesura fértil de los sueños.
Déjate amar así,
y no apagues el bullicio de mis caricias,
que en tu piel encuentran morada,
y en tus brazos descubren
la patria más dulce:
esa donde el amor es un mito
que se vuelve verdad
al pronunciar tu nombre.
¿Sabes?
aún somos estrellas marinas,
cómplices del vaivén eterno,
navegando un océano
de sueños encendidos.